Cerro Largo y sus historias de ultratumba en cementerios

"Carpir y blanquear". Es lo que realizan decenas de vecinos en los 12 cementerios rurales que existen en Cerro Largo. Estos lugares permanecen solos en el año, sin serenos, y en general con escaso mantenimiento.

Cada vez que se acerca el 2 de noviembre, se reúnen en cementerios rurales decenas de vecinos que realizan la limpieza y desmalezamiento del entorno de los panteones, además de pintarlos de blanco.

La tarea en el camposanto de Arroyo Malo está a cargo de los propios vecinos, aunque la Intendencia de Cerro Largo envía personal un mes antes, ya que la comuna tiene a su cargo una docena de cementerios en zonas rurales, a los cuales custodia y mantiene.
 
Ayer, decenas de paisanos con sus mujeres e hijos dijeron que iban a estar en los cementerios "hasta que las velas ardan". La costumbre es arribar temprano en la mañana y retirarse en el atardecer.
 
Flores artificiales (para que no se marchiten), asado debajo de los árboles en los montes nativos y un vendedor que monta una cantina provisoria con bebidas y alfajores para hacer su negocio, fue parte del escenario montado en la jornada.
 
En los campamentos, al lado de los panteones, los vecinos empiezan a contar sus historias sobre quienes están enterrados allí y de qué murieron
 
Una de las tradiciones consiste en encender de seis a 12 velas al lado del panteón y esperar a que ardan. "Es más que una obligación moral", indicó José González, un vecino de la zona. "Y si se apagan es porque el alma está en pena y hay que prenderle otra", sostuvo.
 
González explicó que si los niños no están bautizados por la Iglesia Católica no les permiten entrar al predio, deben esperar afuera.
 
Otra de las tradiciones de estos cementerios rurales es lavarse los pies después de salir del lugar para no trasladar tierra del camposanto a la casa. "Se hace por respeto", aclaró González.
 
El de Arroyo Malo cuenta con unas 300 sepulturas. Solo 19 familiares visitan las tumbas. El resto hace años que no lo hace. "La mayoría de los panteones quedan abandonados y sin recibir ninguna flor. No tenemos idea de quién es, ni cuando murió. Sin embargo, otros sí saben todo y tienen enterrados allí sus abuelos o bisabuelos", aseguró Pablo Duarte, director de Gestión Social de la Intendencia de Cerro Largo. En el cementerio de Arroyo Malo hace ya más de 10 años que no hay sepelios. Además, la comuna no tiene registros porque algunos cementerios rurales no tienen libros entonces cuando se mueren todos los familiares de esos difuntos que ahí descansan, queda para el olvido.
 
Las construcciones mortuorias son de todo tipo: solo en algunos se conserva en nombre del fallecido y la fecha; no hay ninguna de dos pisos y no exhiben portentosas estatuas como los de la ciudad, ni placas o epitafios.
 
Leyendas y fosas.
Los vecinos aprovechan la ocasión para contar leyendas urbanas que existen sobre algunos fallecidos que están enterrados en el lugar. Algunas cuentan sobre cuerpos que no se han desintegrado y panteones que aparecieron abiertos.
 
"En este cementerio dicen que enterraron a una viuda viva; y más tarde falleció acá adentro", afirmó Javier Vila, un hombre de 72 años que vive en el departamento de Treinta y Tres, y que aseguró tener sepultada allí a su hermana que falleció con dos años.
 
"La viuda se murió joven, la velaron aquí en una estancia donde se une en Río Tacuarí con el Arroyo Malo y la sepultaron en uno de estos panteones. A los cinco años, cuando se vino a reducir sus restos, el cajón estaba roto, los huesos de sus brazos y piernas hacia afuera y con fracturas", contó. "Quiere decir que al despertar intentó salir y no pudo", acotó.
 
En el año 1954 falleció una niña y la sepultaron al fondo del cementerio. Cuando fueron a abrir el panteón a los siete años, su cuerpo estaba momificado "Se cerró de nuevo y hasta ahora nunca más fue abierto", dijo un vecino.
 
Las fosas para enterrar los cuerpos fue otro de los temas conversados. Era un trabajo "duro", comentó Juvenal Sosa, de 67 años, hijo de un hombre que se encargaba en Arroyo Malo de esta tarea cuando moría uno en la zona. "Mi padre empezaba cuando se enteraba de la muerte de algún vecino y terminaba justo cuando casi era la hora del sepelio. Si lo conocía no iba al velorio porque pasaba casi 24 horas cavando", narró.
 
Cavar en estos terrenos es difícil, según contaron algunos vecinos. "Esto es pura piedra y hay que abrirlo a barreta", indicaron.
 
"Nunca sabés si te va a dar la profundidad o te va a quedar parte del cajón afuera. Era necesario empezar de mañana si el sepelio era de tarde o al otro día", dijeron vecinos cuyos abuelos y padres eran "camposanteros".
 
 
Fuente: Diario El País
 
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