Reflexionando: entre el cielo y el infierno

Cada día me impresiona seguir descubriendo los lastres de una vieja cristiandad, que más deja lejanos malos recuerdos, que buenos. Al preguntarles hoy a algunos alumnos acerca del porqué es importante el viernes santo

muchos repiten: “por que no se puede comer carne”. E indagando un poco más -intentando hacer un repaso general- sobre las prácticas de la cuaresma, escuché de todo un poco: sacrificarse, dar dinero, etc. Lo preocupante de todo esto es la imagen de Dios que seguimos dando nosotros los adultos a los más pequeños que se aleja de lo que es realmente. unto con ello pensaba en la oración que intentamos llevar adelante en el equipo de trabajo leyendo un texto de Santa Teresa de Jesús acerca de la Misericordia. Nos aclaraba, quien lo propuso, que el término “misericordia” podría tener tres acepciones: como regalos de Dios, como mano que salva en momentos difíciles y como perdón. Ante ello me detuve a meditar justamente en eso: en nuestro diario vivir ¿qué imagen de Dios mostramos los adultos a los más pequeños? Cuando nos ven trabajando, cuando decimos que somos cristianos y eso nos plenifica como personas ¿qué ven? ¿Cómo nos ven?

Y normalmente concluyo lo mismo: una cosa es el Dios que profesamos con nuestros labios y otro es el Dios que vivimos y experimentamos. Hablamos mucho del amor gratuito de Dios hacia el ser humano, pero nosotros vivimos presos de las exigencias y responsabilidades a las cuales muchas veces justificamos con frases como: “Es lo que nos toca hacer”, o “Es la misión que debo cumplir”. Incluso creo que seguimos transmitiendo la carga de cumplir con los preceptos religiosos en vez de dar testimonio de lo hermoso que es vivir la vida según las enseñanzas del galileo Jesús.
La dualidad en la que vivimos nos lleva a pensarlo todo en función de estar de un lado o del del otro, o somos católicos o no lo somos, o somos pecadores o no lo somos. Esto último me da mucha gracia…todos sabemos que somos pecadores y que somos salvados por el amor y la Misericordia de un Dios bondadoso, pero vivimos acusando al hermano que peca. Y no hablo de los pequeños, me refiero a los más grandes. Somos lentos para ver nuestros males y rápidos para juzgar al que cae en el camino. Le seguimos metiendo en la cabeza a nuestros más pequeños: “si te portás bien tendrás regalos (premio), si te portás mal no te damos nada (castigo)” (cielo o infierno)
¿Cuando se terminará esta división que hemos creado? ¿Cómo romper con esta muralla imaginaria que nosotros mismos nos hemos impuesto? O el cielo o el infierno…o sos malo o sos bueno, pecador o santo…o sos de una religión o estás en contra de ella. No!! No es tan así. Muchos dicen: “no hay grises, o es blanco o es negro”, exigiendo una respuesta segura, decidida, eterna. Pero la vida está llena de grises y bienvenidos sean. Todo extremo es malo y muchas veces estamos parados a la mitad de grandes decisiones donde debemos mirar hacia atrás (lo que fuimos) y buscando impulsarnos hacia adelante (lo que queremos ser). Un dicho de un anciano dice: “Un paso para atrás? Sólo para tomar impulso!”. Gran sabiduría!
En este año de la Misericordia propuesto por el Papa Francisco los cristianos tenemos una gran posibilidad de acercarnos un poco más a un cierto eje existencial que tiene que ver con un actitud de igualdad, de tolerancia; en fin, de humanidad. Acercarnos a este eje nos hará ver a los acusados de una manera diferente, más cercana. Y los que muchas veces nos creemos dueños de cierta verdad, al acercarnos a ese eje, podremos experimentar la similitud que tenemos con los demás. Dejemos el lugar del acusador y seamos con alegría los acusados. ¿Nos creemos merecer el cielo? Quizá Jesús también lo creía, pero tomó el lugar del acusado. Si los cristianos queremos ser coherentes con nuestra fe deberíamos tomar el mismo lugar que Jesús. Pero eso aún no sucede, seguimos acusando. Pero gracias a Dios el cielo y el infierno son parte del imaginario humano, no de la realidad de Dios. Poco a poco esa frontera se va desvaneciendo…

 

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